¿CÓMO VIVIR JUNTOS DESPUÉS DE UNA GUERRA TAN LARGA?

Análisis Por

El pasado 27 de junio de 2017, se dio por terminado el proceso de desarme individual de los exguerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-FARC, en un hito más bien discreto para muchos, pero que indudablemente pasará a la historia y al acervo de muchas generaciones que no serán sacrificadas en los altares de la guerra humana.

Ese desarme, nos ubica a toda la sociedad colombiana frente a frente a algo que no hubiésemos imaginado en ningún escenario posible: la inaplazable llegada de los insurgentes a nuestras vidas sociales, como plenos ciudadanos y ciudadanas. El 27 de junio, pasará a la historia como el día en que Colombia por fin debió empezar a pensarse en aquello que algunos llaman “reconciliación”.

La reconciliación a nivel mundial y en distintos escenarios académicos se entiende de múltiples maneras, sin embargo, para efectos de lo que estamos disertando aquí, prefiero usar lo planteado por el CINEP (2015) quien afirma que “la reconciliación puede entenderse como un proceso de construcción o reconstrucción de relaciones debilitadas o fracturadas por causas del conflicto armado y la violencia política que involucran tanto a individuos como a grupos sociales y al Estado (1)

Ésta noción, afirma el CINEP, se basa en la idea de fortalecer el Estado Social de derecho y de construir ciudadanía y restablecer derechos y garantías de no repetición.

Según dicho estudio, se espera que ese proceso de construcción de nuevas relaciones confluya en la consolidación de un contexto de convivencia (2).

Ahora, de acuerdo con el estudio citado, la reconciliación existe en tres dimensiones: la personal, la social y la política y en todas ellas ha de construirse/reconstruirse relaciones sociales que hagan posible el derecho a la no repetición, acabando con el ciclo de violencia.

Y es aquí donde justamente surge la incógnita sobre el proceso de reconciliación que debe darse: ¿cómo vivimos juntos después de una guerra tan larga?

Inevitablemente  las víctimas y los victimarios tendrán que vivir juntos ahora, esta vez sin uniformes y sin acciones de poder que condicione sus relaciones. Serán iguales todos ante la ley y ante la justicia.

La cuestión es, ¿cómo hacer para que el rencor no se vuelva pan de cada día? En éste punto es necesario si bien no llegar a perdonar, que es una acción propia, individual y completamente autónoma del ser humano, si empezar a reconocer que ambos, víctima y victimarios son seres humanos, seres consientes que toman decisiones a partir de la información disponible o de sus instintos y emociones.

Por otro lado, están las personas que desde fuera ven con recelo a los nuevos ciudadanos y ciudadanas, a aquellos que vienen de las selvas y de las Zonas Veredales de Transición, ciudadanos y ciudadanas que parecieran que tuvieran mejor sueldo, mejor sistema de salud y mejor capacidad de iniciar un negocio que el resto de la población. ¿Cómo garantizarles la vida a estos conciudadanos que tuvieron una decisión en un momento, pero que quieren cambiar? Respetar su vida, sus decisiones, sus derechos, que son exactamente iguales que los nuestros, nos permitirá tener un ambiente de convivencia que no se caracterice por el enfrentamiento y la hostilidad.

Finalmente, el desasosiego que pudiésemos tener todos ante la posibilidad de que esos vecinos, ciudadanos como nosotros, tengan la posibilidad de llegar a cargos de elección popular es un factor que se debe considerar con cuidado. La pregunta es, ¿cómo reaccionar hacia posibles acciones políticas de dichos ciudadanos y ciudadanas? Teniendo actos de reciprocidad, amplia y generalizada que permita ver que en ese posible adversario político, hay alguien que puede establecer relaciones sociales pacíficas.

Reconocer al otro y a la otra como ser humano como mecanismo de reconciliación individual; respetar la vida, las decisiones y los derechos del otro y la otra como mecanismo de reconciliación social; reciprocidad amplia y generalizada como medio que permita la reconciliación política, pueden ser actos que permitan responder a ese interrogante sobre cómo vivir juntos de nuevo, sin violencia o guerra que nos condicione los estilos de vida personales, sin embargo, considerar  realizar dichas acciones no pasan porque el Gobierno Nacional defina en un decreto que todos debemos empezar a hacerlo, dichas acciones pasan por nuestra decisión personal como colombiano y colombiana de aportarle verdaderamente sustancia a ese bello discurso de que “la paz la hacemos todos y todas”.

El 27 de junio  de 2017, pasará a la historia como el día en que la guerrilla comunista más antigua del continente inició la etapa final del proceso de reincorporación a la sociedad civil colombiana y como el día en que la sociedad colombiana empezará en serio a pensarse los procesos de reconciliación. O al menos esa es la esperanza.

REFERENCIAS

  1. CINEP/PPP (2015). “Aprendizajes para la Reconciliación: Experiencias de Reconciliación entre Excombatientes y Comunidades Receptoras”. CINEP/PPP. Bogotá.
  2.  Ibidem.

Zootecnista Universidad Nacional de Colombia, Candidato a Magíster en Producción Animal de la Universidad Nacional. Coordinador Nacional para asuntos de Paz de la Organización Nacional de Juventudes Liberales.

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