El Dios del terror

Análisis Por

El mundo conmocionado escuchaba los gritos de los ciudadanos en la tierra de la libertad europea.  Los titulares ya no son de la violencia colombiana, ahora es la guerra misma pero en los países más desarrollados.

El mundo desde sus orígenes,  ha vivido en diferentes confrontaciones, principalmente por el poder, la economía, negocios, tierras y egos. Parece una característica innata en los seres humanos.

Mientras en América damos pasos grandes por la paz, en Europa y Oriente se dan hacia atrás. El motivo: una religión mal encausada y con propósitos fundamentalistas de venganza y de poder en el mundo.

El problema reside en que si bien el islam no es terrorista, insistamos en ello, el yihadismo, y como culminación suya el Estado Islámico sí son una versión ultraortodoxa del islam. Y a partir de ahí se explica gran parte de su éxito. El resto corresponde a la revolución en las comunicaciones (Internet, teléfonos móviles) que han multiplicado tanto la expansión ideológica como las posibilidades de atentar.

El terror es aquí el instrumento de la comunidad islámica, organizada políticamente, germen de una expansión que “deberá abarcar a todos los musulmanes primero y al mundo después”, como prescribe el Corán. Y que cubre los supuestos de la lucha apocalíptica contra el Satán occidental, que llevará a la victoria definitiva de Dios, yihad mediante.

El terrorismo combinado con tecnología sin duda es la nueva bomba atómica, es allí donde se desarrolla las estrategias bélicas para producir resultados como los visto en Paris. Ahora bien, es esta misma tecnología que igualmente ha salvado cientos de vida, las redes sociales como Facebook ágilmente se adaptan a las realidades sociales y lo móviles en muchos casos son la única herramienta que pueda garantizar permanecer con vida y salvar la de otros.

Todo indica que las guerras ya no las veremos en las zonas rurales y montañosas de América latina, sino en la religión y tecnología de los países más globalizados.

Hoy se debe sostener con más fuerza la bandera de la libertad sobre los fanatismos de cualquier clase y tipo. La convicción de los demócratas no deberá conocer fronteras y este será el reto de las generaciones actuales: mediar entre países que quieren gobernar el mundo y un Dios que no se ve pero que dice que hacer y que no.

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