El Metro que ya pasó y el TM que llega

Análisis Por

El alcalde electo de Bogotá, Enrique Peñalosa, 45 días antes de posesionarse ya cumplió la profecía de la izquierda y los liberales: dejó pasar la oportunidad de que la ciudad tenga un sistema masivo de transporte. Como en el famoso cuento del humorista Hebert Castro, “se les dijo, se les advirtió pero se pasaron la recomendación por la faja”. Y no es un chiste.

Durante la álgida campaña por el segundo cargo más importante del país, se escuchó decir que Peñalosa le pondría tantas talanqueras al proyecto del Metro, que lo haría imposible de construir durante su mandato. Los hechos están dando demostrando que así será.

La volatilidad de las posiciones de Peñalosa, frente al Metro, ha sido una constante. Perdió dos veces la posibilidad de ser elegido por su obstinación con el Transmilenio y su negativa a un verdadero sistema masivo de transporte, que solucione el colapso de la movilidad.

Para Peñalosa, el Metro es sencillamente, una pérdida de plata, una mala inversión, porque los buses transportan más pasajeros sin necesidad de vías subterráneas.

Las cuentas del alcalde electo son simples: un kilómetro de Metro subterráneo vale hoy cerca de 150 millones de dólares; uno de Transmilenio cerca de 15 millones de dólares.  Pero los expertos señalan que una ciudad del tamaño de Bogotá no puede movilizarse exclusivamente en buses articulados.

En esencia, el Transmilenio no reemplaza al Metro, sino que lo alimenta. Juntos, con el tren de cercanías y los sistemas de metro cable, forman un sistema integral de transporte.

Del no rotundo al Metro en las campañas anteriores, en las que perdió frente a Samuel Moreno y Gustavo Petro, Peñalosa mutó a un sí condicionado, que consiste en que está de acuerdo con el proyecto, pero haciéndole modificaciones al trazado, ampliando la cobertura y elevando varios tramos.

Con su triunfo, esta posición sirvió de excusa al gobierno nacional para frenar el proceso de contratación del Metro, que fue la principal apuesta de la administración de Petro, que tenía destinados  cerca de 4 billones para tal fin, incluidas las utilidades de la ETB y la Empresa de Energía de Bogotá.

Nunca los bogotanos habían estado tan cerca de ver cumplido su sueño del Metro. De hecho, el Ministerio de Hacienda y el Departamento Nacional de Planeación habían anunciado el fondeo del cheque simbólico por 9. 7 billones de pesos para la primera fase de ese sistema. Con la excusa de que Peñalosa iba a modificar el proyecto, recogieron el cheque y mataron la ilusión.

Ante la oleada de críticas y el surgimiento de una bandera para la oposición, Peñalosa señaló que la ciudad tendría el Metro que se merece. Lo que no dijo es cuándo. Porque con el solo anuncio de la modificación del trazado, el proceso comenzará de cero.

Esta vez conspiraron contra el Metro dos sucesos: el déficit fiscal que ha obligado un drástico recorte del presupuesto nacional, y el anuncio de Peñalosa de modificar el proyecto.

Petro ha dicho que la ciudad perderá 130 mil millones de pesos que ha costado la estructuración del proyecto. Pero eso pareciera no importarle a nadie, ahora que los medios de comunicación están subidos en el tren de la victoria peñalosista.

No es de esperarse, por ahora, que en el Concejo de Bogotá surja una férrea oposición a Peñalosa y un estricto control político a su administración, especialmente al tema del Metro. El alcalde electo cuenta con mayorías que le permitirán pasar su plan de gobierno y su plan de inversiones sin ningún obstáculo.

Lo cierto es que Bogotá queda, nuevamente, a kilómetros de las capitales del mundo, y de ciudades como Medellín, que no solo cuenta con Metro, sino con tranvías, metro cable y vías transitables.

Razón tienen los paisas de sentirse orgullosos de su capacidad de gerencia y unidad frente a los megaproyectos. Mientras los paisas se unen para cumplir sus objetivos, los bogotanos se destrozan por rivalidades e intereses económicos y políticos.

Con Peñalosa los Transmilenios están de regreso. El nuevo funcionario encontrará las arcas repletas, con los dineros previstos para el Metro listos para concretar sus promesas de campaña.

Así, nada impedirá que el cemento pinte de gris el horizonte de una ciudad que giró a la derecha gracias a la ineptitud de Petro y la corrupción de Samuel.

Peñalosa considera que el cemento cumple una función social. Y tiene razón, especialmente, para los dueños de los cementeras. Por ahora, lo verdadero, es que Peñalosa bajó a los bogotanos del sueño del Metro.

Lo único que queda es esperar que bajo su mandato Transmilenio vuelva a ser el orgullo bogotano. Y eso parece un viacrucis con muchas estaciones. Por ahora, la maqueta del Metro será una maqueta más que adornará el vetusto edificio de IDU.

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