El Papa deja un país renovado

Análisis Por

La visita del Papa Francisco fue lluvia fresca en medio del desierto. Su vigorosa y refrescante presencia ha hecho el milagro de permitir que renazca la fe en un mañana de bienestar y reencuentro entre hermanos de un mismo pueblo. Sus palabras retumbarán por décadas en los corazones y las mentes de quienes las escucharon y tienen la obligación moral de aplicarlas y replicarlas, para que el mensaje de la reconciliación sea siempre el destino de los colombianos.

El Papa llenó la agenda nacional de una manera nunca antes vista, en tiempos de redes sociales e inmediatez de la noticia. Cada paso del Pontífice fue seguido por millones de fieles y no creyentes que querían constatar el carisma y la bondad del líder de la Iglesia católica.

Fue, en esencia, una revelación divina para un país que transita tiempos de incertidumbre, desolación y escepticismo. La mala política y la corrupción, la inequidad y la injusticia, la guerra y la victimización de millones de compatriotas, han sido una pesada carga para los colombianos. Francisco el hombre, el humano heredero del trono de Pedro, el representante de Jesús en la tierra, caminó por un país adolorido que encontró en su verbo la sanación espiritual.

Cada discurso del Pontífice fue una reflexión profunda contra la barbarie y la destrucción, por la reconciliación y la paz con justicia social; a favor de las víctimas; contra los corruptos y los promotores de cizaña; por los jóvenes, semilla de la renovación de la democracia y la Iglesia. No hubo un solo tema que el Papa no abordara con inteligencia y sentido político, sin inmiscuirse en los asuntos internos, pero dejando en claro el mensaje que irradia su marcado acento social y su humildad.

Colombia no volverá a ser la misma después del Papa Francisco. Cada eucaristía, cada intervención, cada saludo, fue escuchado por casi todo el país. Por el continente americano, en donde nació y se formó el líder que ha sacudido los cimientos de la Iglesia, dándole un sentido social y humanista que reclamaban los feligreses.

En Bogotá un millón trescientas mil personas se congregaron bajo la lluvia para escucharlo; en Medellín, un millón doscientas mil; en Villavicencio, 600 mil; en Cartagena, 800 mil; unos bajo el sol y el sopor inclemente de la Orinoquia y del Caribe, respectivamente. Y nadie se quejó. Todos entendieron que oír al Papa Francisco era una experiencia espiritual única, que los más viejos no tendrán oportunidad de repetir, y los más jóvenes nunca olvidarán y marcará sus vidas.

Ha nacido en Colombia la Papamanía. Se ha despertado de pronto la fe perdida. Los ojos brillan con fe y la paz ha recobrado el sentido exacto de la palabra. No se trataba solamente de bendecir la paz con las guerrillas, sino de alabar la capacidad de reconciliación de un país hastiado de la guerra. De repetir cuantas veces sea necesario que debemos proteger la paz y desoir los cantos apolíticos de quienes promoven la cizaña.

Bienvenidas las muchas observaciones, incluso reclamos del Papa a quienes han sido insolidarios con las víctimas, o permisivos frente a la violación de los derechos humanos, el auge de la corrupción y la inequidad. Bienvenida su invitación a vivir el catolicismo con compromiso y hechos reales. No se trata solo de hablar y no hacer nada. Se trata de actuar.

Para quienes durante décadas han luchado por la reconciliación y el fin de la guerra, la visita del Papa fue un espaldarazo por su larga batalla por superar tantos caminos minados que impedían firmar los acuerdos de paz, que detuvieron la máquina de muerte que funcionó por más de 50 años con las Farc. El Papa fue enfático, además, en su apoyo decidido a esos acuerdos, que en meses reciente padecieron el rechazo soterrado o abierto de algunos jerarcas de la Iglesia católica en Colombia.

Cuando el avión de Avianca despegó rumbo a Roma, llevando al Papa de regreso al Vaticano, el país comenzó el duelo por cinco días de inmensa alegría y recogimiento espiritual, que se evidenció con dos días de cero muertes violentas en Bogotá, y una amplia reducción en el resto del país.

Y queda el examen de consciencia colectivo. Porque el mensaje es contundente: no se trata de hablar de reconciliación, sino de demostrarla con hechos. No se trata de hablar de perdón, sino de perdonar para que haya verdadera paz; no basta con decirle no a la corrupción, hay que actuar para erradicarla, porque como él dijo, el diablo entra por el bolsillo.

La visita del Papa fue, además, una semana de descanso de la polarización y el odio que han reinado en los últimos años; de la campaña política y los titulares estruendosos de corrupción, que azotan el alma colectiva. La Colombia nueva que se despierta de la visita del Papa sabe que es urgente recuperar la dignidad de la Justicia, fortalecer la democracia, espantar el populismo, sembrar equidad y cumplir los acuerdos de paz para que nunca vuelva la guerra. El país que miró al salir, desde el avión, el Papa Francisco sabe que el milagro de la reconciliación apenas comienza. Se necesitan mucha fe para seguir adelante e impedir que los ladrones de esperanzas ganen la partida.

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