El posconflicto será un camino de espinas

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Se equivocan quienes creen que con la firma de los eventuales acuerdos de paz en La Habana se acabarán los problemas del país y entraremos en una etapa de felicidad plena. No. Lo que hay que entender es que lo que se negocia es el fin del conflicto armado, específicamente con las guerrillas de las Farc. Y para que ello ocurra, después de más de 50 años de lucha armada, se ha transitado un largo camino de encuentros y desencuentros, que pareciera estar llegando a su fin.

El fin de las Farc, como organización armada, deberá dar paso a un partido político legal que luche, con los acuerdos en la mano, por un espacio en el escenario político nacional. Con un proyecto político que pretenda el ascenso al poder regional y nacional, y haga suyas las banderas de la modernización de la democracia y los cambios económicos y sociales que se deriven de lo pactado.

El posconflicto no será una travesía fácil para nadie. Ni para el Gobierno del presidente Juan Manuel Santos, que se ha jugado todo su capital político en busca de ese objetivo estratégico; ni para los partidos políticos, la mayoría enfrascados desde ya en la disputa por la sucesión presidencial; ni para las autoridades locales, ni los gremios. Y no será fácil por varias razones.

Primero, porque las desaparición de las Farc no significará el fin inmediato de la violencia en las zonas rurales en donde los espacios serían ocupados por otras fuerzas, como los paramilitares o remanentes de esa misma guerrilla o de otras de menor peso político y militar. El reto mayúsculo será para la Fuerza Pública, que deberá garantizar que los territorios que dominan las Farc, con fusil en la mano, puedan ocuparlo luego como civiles, sin retaliaciones, ni venganzas de la extrema derecha.

Segundo, porque el fin de las confrontaciones evidenciará los graves problemas de pobreza, atraso y olvido de las zonas en donde, precisamente, la guerra ha florecido, pero también en el resto del país. Y es ahí donde las autoridades locales, alcaldes y gobernadores, tendrán que entrar a jugar con planes de desarrollo que apunten a consolidar la política social y la apropiación del territorio. La pregunta es ¿cuántos alcaldes y gobernadores están dispuestos realmente a comprometer sus presupuestos para apostarle al posconflicto? A pesar de los avances de la descentralización, en Colombia aún prima el concepto de que es el estado central el que debe girar para consolidar la convivencia.

Tercero, las elecciones de octubre evidenciaron lo que ya todos sabían: que la Unidad Nacional, el grupo de partidos políticos afectos al Presidente, está muerto. No desde octubre, sino meses atrás. La realidad es que las políticas oficiales se sostienen con el apoyo de dos partidos afectos al Presidente Santos: La U y el Liberalismo. Cambio Radical anda en una abusiva campaña presidencial con los dineros del estado para ungir a Germán Vargas Lleras; los conservadores son una bisagra que se acomoda al mejor postor; la izquierda quedó apaleada y la extrema derecha a pesar de la derrota acecha para torpedear la paz sin piedad alguna.

Ese sancocho político muestra un rápido reacomodo de la extrema derecha alrededor del Vicepresidente, quien desde ya se siente ganador, a dos años de las elecciones presidenciales. Los resultados del 25 de octubre vaticinan años difíciles para la izquierda democrática. Si el propósito de los acuerdos es que las Farc luchen por el poder en las urnas, no deberá emocionarlos bajarse del fúsil para conseguir votos, cuando el país ha girado al centro, y la derecha se ha tomado a Bogotá, Cali y Barranquilla.

En la antesala del posconflicto es insólita la lección del pasado 25 de octubre. El saliente alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, enterró a la izquierda en cuatro años de pésima gestión, algo que no habían logrado las Farc en 50 años de demencia armada.

A pesar de que desde el Polo se hacen cuentas alegres por el caudal de votos obtenidos en Bogotá, la debacle es mayúscula. Perder la alcaldía de Bogotá, después de 12 años de gestión ininterrumpida, muestra el agotamiento de un modelo caracterizado por la pésima gestión, almibarada con discursos sociales y manchada por la corrupción. Ni la UP, el resucitado partido político, sobreviviente de pasados procesos de paz, pudo alcanzar una curul en la capital.

Cuarto, la crisis económica mundial,  que golpea a Colombia como consecuencia de los bajos precios del petróleo, tampoco es un buen síntoma de lo que se avecina. Los apretones económicos no generan aplausos en un país que ve caer las reservas económicas y subir los impuestos.

El panorama, entonces, exige mucho realismo y menos poesía. Necesitamos la paz y avanzamos hacia ella, pero es obligatorio que el país se sincronice con el momento político. Es cierto que la extrema derecha perdió espacio, pero no es cierto que esté derrotada. Sí es cierto que la izquierda democrática perdió espacio, pero mucho más que un país derechizado es el peor escenario para la reconciliación. Sí es cierto que hay mayor espacio en el centro político para construir un nuevo país más democrático, justo y solidario. Pero ello no ocurrirá de la noche a la mañana, ni por obra del espíritu de Santos. Que venga la paz y que cada uno asumas sus responsabilidades. Con el silencio de los fusiles tendrán que escucharse muchas voces que exigen justicia, verdad y reparación. Pero sobretodo, tendrá que verse el país que pide participación en la toma de decisiones.

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