Kuczynski, un gobernante corrompido

Análisis Por

Los demócratas latinoamericanos respiramos tranquilos cuando Pedro Pablo Kuczynski ganó las elecciones presidenciales de Perú en junio de 2016 y contuvo el acelerado avance de Keiko Fujimori, líder de Fuerza Popular, partido que logró, sin embargo, la mayoría del Congreso.

Kuczynski defendió durante su campaña la tesis de que era indispensable liberar a Perú de la corrupción, de la inseguridad y de la discriminación.

La mayoría de los peruanos, en unas elección bastante reñidas, le dieron el apoyo a Kuczynski, entre otras razones, para evitar que el dictador Alberto Fujimori fuera indultado.

Pero PPK, como se le conoce en Perú, pronto empezó a incumplir sus promesas electorales en temas tan sensibles como el acceso a la salud, la educación y el agua. La gente, luego de casi 16 meses de ejercicio de gobierno, empezó a sentir que había sido engañada y las manifestaciones de protesta no se hicieron esperar. Sólo el 16% de los peruanos respaldan la gestión de su Presidente.

Mientras todo esto sucedía, se conocieron graves hechos de corrupción relacionados con Odebrecht, que pusieron en la cárcel al expresidente Ollanta Humala; tienen fugitivo al expresidente Alejandro Toledo; y dando explicaciones al exmandatario Alán García. La excandidata Keiko Fujimori también fue beneficiaria de aportes de esta empresa brasileña para su campaña electoral.

Kuczynski juró que nunca recibió dineros de Odebrecht y que no había cometido actos de corrupción. Incluso, dijo que si se comprobaba la responsabilidad del expresidente Toledo, eso se debía interpretar como “una traición a Perú y una falta de respeto a sus colegas que tanto nos esforzamos en hacer un buen gobierno”.

Pero muchos sectores en Perú no le creyeron plenamente a PPK y sospechaban que sí tenía relaciones con Odebrecht. Las dudas se despejaron cuando se supo de negocios que hizo su empresa Westfield Capital con la constructora brasileña, mientras Kuczynski se desempeñaba como ministro de Toledo.

La exesposa de Toledo, Eliane Karp, empezó a poner en evidencia a PPK cuando le dijo a través de redes sociales “No me hagas hablar, porque yo sé lo que hiciste la última vez”.

Los congresistas opositores, con una amplia mayoría, llevaron al Presidente a un juicio político, solicitando su vacancia por incapacidad moral. Coincidió este hecho con la reclusión del dictador Alberto Fujimori en una sala de cuidados intensivos.

Aparentemente Kuczynski no tenía salvación. Todo jugaba en su contra. Pero él sostenía que los opositores no lograrían los 87 votos para sacarlo del poder. Y tenía razón. PPK ganó.

La extraña victoria del presidente del Perú, que logró no ser vacado, encierra una negociación previa con un ala del fujimorismo, encabezada por el congresista Kenji Fujimori, hijo el dictador. El acuerdo fue que este votaría en contra de la vacancia y aquel le daría el indulto a su padre.

Tal cual. Kuczynski firme en el poder, procedió a otorgar el indulto. Alberto Fujimori que se encontraba gravemente enfermo en una unidad de cuidados intensivos, se recuperó milagrosamente de un día para otro.

El pueblo,  sin embargo, no quiso ser testigo mudo de este espectáculo de corrupción, y salió a las calles a pedir al tribunal de justicia que no avale el indulto, y a exigir la salida de Kuczynski del poder.

Lo que hace 18 meses era una buena noticia para la democracia latinoamericana con la elección de Pedro Pablo Kuczynski, se ha convertido hoy en una vergüenza para el Perú, cuyos ciudadanos, sin duda, librarán una lucha en las calles por la dignidad y por sacar del gobierno a un presidente corrupto, que perdonó, además, la pena de un presidente asesino.

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