La paz y la soledad de Santos

Análisis Por

Las últimas mediciones de opinión ha dejado al Presidente Juan Manuel Santos en sus mínimos históricos de favorabilidad. Una calamidad para un líder que logró firmar la paz con las Farc y desmontar la más temible máquina de guerra que durante más de 52 años amenazó la democracia e impidió el surgimiento de una sociedad civil fuerte, dejando tras de si un manto de dolor y desesperanza.

La opinión pública le ha dado la espalda al Presidente de la Paz, al Premio Nobel de Paz, al líder que cambió la historia e hizo historia con una agenda socialdemócrata, que promovió la solución pacífica de los conflictos, las relaciones internacionales para la convivencia, una agenda de renovación de infraestructura que pondrá a Colombia en el siglo XXI, 100 mil casas gratis, educación de calidad, y, sobre todo, sacó adelante la Ley de Víctimas y la Ley de Tierras, dándole esperanzas a más de ocho millones de desplazados por la violencia, producto de tantos años de destrucción.

Santos rompió el embrujo de la Seguridad Democrática, echó a la basura las viejas teorías de conflicto eterno, los migrates internos, y la tierra arrasada, y ha logrado pasar sin escándalos de corrupción que involucren su entorno familiar o a sus más cercanos colaboradores. ¿Y si todo es verdad, por qué no logra el apoyo ciudadano?

El primer punto para explicar esta situación es su divorcio con la opinión pública, debido a un permanente y equivocado manejo de la comunicación política. Santos no sabe comunicar y fracasó en sus intentos por armar un equipo capaz de conectarlo con las mayorías, y, especialmente, que explicara los beneficios de la Agenda de Paz.

La mayoría de los colombianos siguen creyendo que los acuerdos no se cumplirán y que las Farc incumplirán lo pactado, precisamente cuando esa organización es la que ha cumplido los plazos y se ha sometido a todos los incumplimientos del Estado en la preparación de las zonas veredales de transición y normalización.

El segundo punto es el éxito de la paz, que ha desmontado la vieja matriz de información en la que los noticieros eran largos lamentos de hechos desgarradores relacionados con la guerra. Masacres, destrucción de pueblos, cilindros bombas, secuestros, asesinatos. Terror. Y más terror que alimentó el discurso de una extrema derecha que buscaba perpetuarse en el poder y esconder detras de la tragedia colectiva su más óscuro pecado: la corrupción.

Sin guerra, la corrupción perdió su escudo protector. El hedor de la corrupción esta saliendo a flote como un gigante dormido que amenaza las estructuras del sistema. Como dice el Procurador Fernando Carrillo, “El humo de la guerra no dejaba ver la corrupción”. La ciudadanía tenía oprimido el rechazo a la podredumbre de la clase política. Las encuestas muestran como los candidatos presidenciales de los partidos tradicionales están pagando la cuenta que les estan pasando los colombianos. Y esa sensación de derrota frente a la corrupción la paga quien representa el poder, en este caso el Presidente Santos.

Tercero, el jefe del Estado ha permanecido solo los casi siete años de su gobierno. Nunca ha tenido un gabinete fuerte ni un gladiador que lo proteja de los embates de la oposición. Santos no ha tenido un Serpa, una guardia pretoriana, ni una sólida capa de teflón. Todo lo quema, todo lo lesiona.

Cuarto, la oposición contra Santos no ha venido de un solo sector. No es la izquierda tradicional dándole batazos, como antes, sino un cóctel de Jorge Robledo, Claudia López, Álvaro Uribe y Timochenko, más las organizaciones sociales que han liderado las protestas campesinas, indígenas, negras. Las dignidades que han puesto contra la pared al gobierno.

Y, por último, la grave crisis fiscal que ha tocado el bolsillo de los colombianos.

La soledad del Presidente es una historia que no da para un Nóbel, pero que preocupa de cara a las elecciones que han comenzado. El vicepresidente Germán Vargas Lleras, saldrá a darle palo al proceso de paz y se distanciará de su mentor. Los candidatos uribistas harán lo propio. Y los independiente lo cogerán de piñata. Así ¿Quién defenderá su agenda y su legado? Pero sobre todo, quien garantizará el cumplimiento de la Agenda de Paz suscrita con las Farc. De eso depende que Colombia siga por la senda de la reconciliación y que los profundos cambios que incuban los cinco puntos de los acuerdos se desarrollen y permitan una nueva institucionalidad, una nueva sociedad civil y una mejor democracia.

Es ahora que los colombianos deben  comenzar a pensar si en las próximas elecciones votan con odio, como les ha enseñado a muchos el uribismo, o con sensatez y apoyan a quienes cumplan lo pactado con las Farc. La paz esta en la calle. La soledad de Santos no puede conducir a cien años de más guerra. Es tiempo de unidad de los partidos y organizaciones sociales que creen en una Agenda de Reconciluación.

 

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