Defender la Amazonia es una causa común de la humanidad

Opinión Por

El cambio climático es el desafío más grande que afronta la humanidad. 

Las predicciones apocalípticas que parecían tan lejanas se están cumpliendo como lo habían advertido los científicos, pero ahora mismo, no a distancia de 50 o 100 años

Y precisamente, cuando, entre otros, los Estados Unidos y Brasil, dos naciones claves para la preservación del medio ambiente y la lucha contra el calentamiento global han caído en manos de líderes populistas de  derecha, fanáticos desequilibrados e ignorantes como lo son, por decir lo menos, Donald Trump y Jair Bolsonaro.

Para Trump el calentamiento global no existe, es en sus propios términos una” artimaña inventada por los chinos para dañar la industria manufacturera americana”

 “Históricamente, como lo afirma Stiglitz, Estados Unidos ha contribuido desproporcionadamente a la creciente concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera, y entre los países grandes sigue siendo, de lejos, el mayor emisor per cápita de dióxido de carbono – contribuyendo en más de dos veces la tasa de China y casi 2,5 veces más que Europa en el año 2013 (el último año en el que el Banco Mundial presentó información completa.”

Trump es hoy el más peligroso personero de la alianza de contaminadores liderados por las industrias del carbón, del petróleo y automotriz que se han opuesto desde hace tiempo a los impuestos a las emisiones de carbono y ahora al cumplimiento de los estándares mínimos del acuerdo de Paris.

Con su arrogante y estúpido “yo no me lo creo”, ha despachado los conceptos científicos de millares de analistas del medio ambiente  y tirado a la basura los estudios de la propia Casa Blanca que advierten sobre las terribles consecuencias que para los mismos estadounidenses tendrán los desastres relacionados con el clima y el hecho de que durante los últimos años la nación haya perdido tantas vidas y casi el 2% del PIB por inundaciones, huracanes e incendios forestales derivados de las alteraciones climáticas. 

Estados Unidos en manos de Trump no es ya el líder del mundo libre, sino más bien un Estado forajido, dispuesto a pasar por encima de todo y de todos.

 

Por su parte Brasil alberga en su territorio la mayor parte de la región amazónica que hoy arde en miles de incendios en gran número provocados.

Además de ser el pulmón del planeta, la selva amazónica desempeña un papel crucial en el ciclo del carbono que contribuye a definir el clima de la tierra.

Cuando los bosques desaparecen, se esfuma con ellos la capacidad de absorber el carbono producido por autos, plantas eléctricas y fábricas. En la actualidad la Amazonia absorbe cerca del 10% de las emisiones globales de dióxido de carbono de combustibles fósiles.

La pérdida de selvas naturales es un factor que contribuye más a las emisiones globales que el sector transporte.

Brasil “está considerado entre los cinco emisores más grandes de gas tipo invernadero en el mundo. Y esto no se debe a altas emisiones provenientes de combustibles fósiles sino a la deforestación.”

Cualquier cambio que ocurra en la Amazonía tiene el potencial de incidir sobre el clima del entero planeta.

Además, la región amazónica es tan importante por su extraordinaria biodiversidad.

Se trata de la porción de selva tropical del planeta que contiene la más grande reserva biológica de la Tierra. Aquí se encuentra cerca del 30% de todas las especies terrestres del globo y Brasil es el país con mayor biodiversidad del planeta. 

Toda esta riqueza está siendo amenazada por la destructiva combinación creada por el cambio climático y la deforestación.

Los científicos alrededor del orbe están de acuerdo en que “debido a su biodiversidad y al papel crucial que la Amazonia desempeña en la definición del clima, es una cuestión de gran urgencia para el mundo concertar las políticas adecuadas para conservarla.”

Cosa muy distinta piensa Jair Bolsonaro, presidente del Brasil, una especie de alter-ego de Donald Trump. Ultraderechista, racista, misógino, xenóbofo y partidario estridente de la junta militar que eliminó por 21 años la democracia de su país a sangre y fuego.

Ascendió a la presidencia, como producto de una crisis política que le cobró al Partido de los Trabajadores, con la destitución de Vilma Rousseff y el encarcelamiento de Lula Da Silva, la existencia de un sistema de corrupción que no pudieron o quizá consideraron imposible de abatir y que ha sustentado el poder en el Brasil desde los propios albores de la República.

Bolsonaro, elevado en hombros de los evangélicos hizo una campaña feroz con el apoyo de la poderosa bancada de agronegocios que mantiene la mira puesta en la Amazonía con el propósito de adelantar la explotación de sus tierras talando y tumbando lo que sea menester; haciendo caso omiso al hecho de que la industrialización de esta gran área estratégica aumentaría el calentamiento global. 

Lo primero que hizo Bolsonaro fue fusionar los Ministerios de Agricultura y Medio Ambiente, para subordinar los objetivos conservacionistas a los propósitos de lucro de los agroindustriales. Tiene en mente abrir una carretera a través de la selva amazónica y concesionar nuevos proyectos de explotación entre los que se cuentan una central nuclear y una enorme hidroeléctrica complementaria sobre el río Xingú, integrante del complejo pluvial del Amazonas.

No le importa la tala, porque afirma contra toda evidencia que la causa de la deforestación no es el abatimiento de los árboles sino el crecimiento de la población nativa predominantemente indígena a la cual le notificó que no le destinaria ni un milímetro más de tierra.  Ha prometido abrir las tierras indígenas a la explotación minera a cielo abierto y al aprovechamiento forestal y, en campaña, se comprometió a impedir la entrada al país de las organizaciones de cuidado ambiental pretextando razones de soberanía.

No es de extrañar que el  Brasil de Bolsonaro sea el país más peligroso para los defensores de la tierra, con 207 asesinatos desde 2017,  seguido por Filipinas (48), Colombia (24) y México (16).

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