Dejar la paz en paz

Opinión Por

El expresidente Juan Manuel salió a defender la paz, haciendo precisiones inobjetables acerca del proceso y sus desarrollos.

La tarea de hacer las paces para evitar que los colombianos siguiéramos matándonos evidentemente la cumplió su gobierno con enorme éxito.

“El  desarme,  la desmovilización  y la reinserción se ejecutaron en tiempo récord. El desarme de la guerrilla se logró en nueve meses. Se entregaron más armas por guerrillero que en otros acuerdos y las armas se fundieron para convertirse en monumentos a la paz. Las FARC ya son un partido político y el número de guerrilleros desmovilizados que se han devuelto al monte es mínimo” aunque otra cosa afirmen los adeptos al partido del presidente, cuya única función en el Congreso, la plaza pública, los medios de comunicación y las redes se concreta en tratar de volver trizas el acuerdo.

La segunda fase, consistente en dejar de odiarnos y trabajar arduamente día a día para lograr sanar las heridas de más de medio siglo de confrontación brutal, corresponde ejecutarla a los sucesores de Santos en el gobierno y a los liderazgos, sociales, políticos, económicos y culturales del país. La responsabilidad de construir la reconciliación es labor de todos y de cada uno de nosotros.

El presidente Duque, a menudo desbordado en la expresión de buenas intenciones, pero sin capacidad para ejecutarlas, en razón de su dependencia del mentor político que lo llevó a la primera magistratura, muy poco ha hecho en orden a cumplir este imperativo nacional. A pesar de que no existe en el horizonte causa mejor ni propósito colectivo más grande.

Pero, sin duda el empeño de aclimatar la paz terminará por imponerse ya que alberga en su interior la potencialidad de darle impulso y sentido a nuestra propia existencia como nación y es condición indispensable para que las nuevas generaciones tengan un futuro digno de ser vivido.

Hasta ahora la apelación al rencor acumulado durante medio siglo de guerra “atravesada por la flecha venenosa del narcotráfico” como lo anota el expresidente Juan Manuel Santos, “genera todo tipo de intereses macabros que se benefician con la violencia y el desorden. Y, por supuesto, a los intereses políticos que se nutren del miedo y de la guerra tampoco les interesa la normalidad. Necesitan enemigos. Por eso hicieron todo lo posible para que fracasara la paz y muchos siguen tratando de sabotearla. Por fortuna no han podido… ni podrán.” Eso es seguro.

La explicación de Juan Manuel Santos sobre el asesinato de los líderes sociales no admite réplica: “muchos de los líderes sociales que están matando, los están matando esos intereses macabros que se sienten amparados y muchas veces estimulados por los que siguen empeñados en desprestigiar el proceso a como dé lugar. Un porcentaje importante de los líderes sociales asesinados eran reclamantes de tierras o promotores de la sustitución voluntaria de cultivos ilícitos. Los terratenientes que se hicieron a sus tierras desplazando a los campesinos a punta de fusil no quieren que se les siga devolviendo sus parcelas a los dueños originales. Por eso, están proponiendo en el Congreso que se frene la restitución. Y los narcotraficantes no quieren que tenga éxito la sustitución voluntaria de los cultivos de coca porque saben que es la forma más efectiva —tal vez la única— de acabar con su materia prima. También están asesinando a los ambientalistas que se oponen a que los acaparadores de tierras, la minería ilegal y los narcotraficantes sigan deforestando nuestra Amazonía.

En ciertas regiones se está viendo una campaña para impedir que se cumpla el primer punto del acuerdo, el de desarrollar una verdadera reforma rural integral que resuelva el problema del acceso y la productividad de la tierra, una aspiración de Colombia desde nuestra independencia; y el cuarto punto, el de darle a los campesinos cocaleros una alternativa digna para alimentar a sus familias y resolver el problema de la producción de coca. Porque es la única solución. La vía punitiva fracasó. Llevamos cuarenta años ensayándola”

A pesar de la lucha emprendida contra la paz por poderosos sectores minoritarios que se lucran de la guerra los colombianos no hemos perdido la esperanza y no permitiremos que la paz naufrague.

La Encuesta Mundial de Valores que se viene realizando hace más de treinta años orientada a explorar los valores y creencias de las personas, cómo cambian a lo largo del tiempo y su impacto en el desarrollo social y político de las sociedades” saca a flote que  a pesar de las desconfianzas e incertidumbres  latentes en la cotidianidad del pueblo colombiano a todos nos preocupa que se acabe el acuerdo de paz, entrar en una guerra internacional y que se vuelva a la guerra interna.

La confrontación como norte de la existencia no es compatible con las características del personaje tipo colombiano que emerge de la encuesta: “conservador en lo político, pero muy liberal en su estilo de vida, el consumo de bienes, y muy conectado y abierto al mundo. Convencido de que las instituciones están cooptadas por intereses particulares y corruptos, y que solo sirven a los más ricos y no protegen los derechos humanos.

Un ser humano optimista ante el futuro, cosmopolita y cada vez más tolerante con la diferencia. A quien le preocupa el futuro del medioambiente, que siga la guerra en el país y que colapse la democracia.

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