Entre la apoteosis de Egan y las marchas contra el asesinato de los líderes sociales

Opinión Por

La última semana de julio será inolvidable gracias a Egan Bernal, el joven maravilla del ciclismo colombiano cuya actuación agotó con justicia los adjetivos de fanáticos y comentaristas deportivos no sólo en Colombia sino alrededor del planeta.

“Epico, gigante, apoteósico” no son hipérboles para calificar la hazaña de Egan, quien cierra con broche de oro 49 años de historia de Colombia en el Tour y abre perspectivas ilimitadas, no sólo para él sino también para tantos niños de procedencia campesina, que  en lucha constante contra todas las carencias, pese a dificultades económicas inenarrables, sin bicicletas e implementos disponibles, sin mayor estímulo, ni apoyo suficiente del Estado; se abren paso hasta llegar a alcanzar la cima, como antes de Egan lo habían hecho, Lucho Herrera, Fabio Parra, Nairo Quintana y Rigoberto Urán con actuaciones extraordinarias en el Tour galo. 

Colombia ha ganado ya las tres grandes pruebas del ciclismo mundial: el Giro de Italia, el Tour de Francia y la Vuelta a España. Los nombres de los campeones:  Nairo Quintana, Egan Bernal y Lucho Herrera están escritos para siempre entre los más grandes del escalafón mundial.

En medio del júbilo no podemos dejar de reflexionar sobre cómo ha sido posible semejante gesta, traslapada con medio siglo de guerra en el campo colombiano. 

Nuestros “escarabajos” legendarios, jóvenes aguerridos, humildes y llenos de coraje y determinación, han sido a lo largo de estos 50 años no solo la mejor y la más amable cara del país, sino la concreción de su más valioso capital humano. 

Sin embargo, los citadinos todavía no hemos sido capaces de comprender y de valorar en su verdadera dimensión lo que representa el agro, el trabajo durísimo de sus moradores y las implicaciones negativas que tiene para el desarrollo social y económico y para el destino mismo de la nación, la existencia de una brecha entre la ciudad y el campo que está muy lejos de superarse.

A pesar del acelerado proceso de urbanización, Colombia es todavía un país muy rural. Vivir en el campo significa ser más pobre. La desigualdad    es aún muy grande y constituye un lastre para toda la sociedad. La violencia crónica en las áreas rurales persiste y tiende a agudizarse. El campo es el escenario en el cual surgen y se fortalecen las economías ilegales y el que sigue padeciendo en abrumadora magnitud el flagelo de la violencia. 

Sin embargo, durante la votación crucial del plebiscito sobre el acuerdo de paz entre las FARC y el Estado, aunque por estrecho margen, ganó el no a la paz, ignorando lo cuánto ella significa para los pobladores rurales, que han sufrido las consecuencias devastadoras de 50 años de conflicto armado. 

Aunque resulte paradójico durante la misma semana triunfal de Egan Bernal, en cien ciudades de Colombia y del entero planeta se realizaron marchas para decir ¡Basta Ya¡  manifestarse contra los asesinatos de líderes sociales, indígenas dirigentes comunales, hombres y mujeres nacidos y crecidos en el campo que continúan siendo masacrados sin pausa desde cuando se firmó el acuerdo de paz en 2016. 

Defendamos la Paz, las demás organizaciones que hicieron la convocatoria y los miles de marchantes que acudieron a este llamado le exigieron al gobierno de Iván Duque “la protección real y efectiva del derecho a la vida de todos los colombianos y la implementación de una política pública concertada encaminada a crear un ambiente propicio y condiciones favorables para un trámite civilizado de las controversias en nuestro país”. 

El Presidente marchó y no obstante la silbatina, está muy bien que al hacerlo haya desafiado a los duros del uribismo. Ya que, si Iván Duque no consigue desmarcarse de los exponentes de su propio partido, que desde el Congreso y en los más diversos escenarios de la vida social continúan apelando a los odios y al cultivo de los resentimientos acumulados en décadas de violencia para obtener buenos guarismos electorales, será muy difícil, prácticamente imposible, atemperar la polarización y evitar que los criminales se sientan legitimados para seguir asesinando a los líderes sociales.

A fin de cuentas, el Centro Democrático en los estrados judiciales y en el imaginario colectivo aparece asociado a la defensa del statu quo, al fenómeno paramilitar, al surgimiento de las autodefensas y al interés manifiesto de los grandes propietarios de tierra para que no avance ninguna reforma susceptible de afectar su poderío regional ni siquiera de manera tangencial.  
La urgencia de establecer relaciones de equidad en el uso y la propiedad de la tierra no solo ha sido el centro neurálgico de la batalla insurgente de las FARC, sino que también constituye una urgencia inaplazable del proceso de modernización del país, para cerrar el abismo que separa el campo y la ciudad, hacer un mínimo de justicia a quienes trabajan en el agro y desatar las potencialidades productivas de un sector llamado a liderar el desarrollo del país.

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