Las marchas del Orgullo: ¿Por qué la vergüenza?

Opinión Por

Se vienen las marchas del Orgullo LGBTIQ+ (que para efectos de esta columna llamaremos simplemente del Orgullo o comunidad gay), y son espacios interesantes que despiertan gran debate público, e incluso, dividen a los propios miembros de esta comunidad entorno al cómo debería ser la marcha, y sí realmente vale la pena participar en ella.

Me genera curiosidad observar a las personas debatir sobre los trajes, extravagancia, e incluso parcial o a veces casi total desnudez que se puede observar en esas marchas, los comentarios burlescos, de rechazo, e incluso de indignación de personas que consideran se debe negar o prohibir tales actos.

Y esto me llama la atención, pues las personas al sentenciar estos juicios reflejan los grandes pasos que debemos dar todavía para que todos comprendan el origen, impacto y, sobre todo, el significado de este despliegue de lo que para unos es orgullo y otros incomodidad.

El origen, una redada de la Policía a un bar conocido como Stonewall Inn, en Nueva York, y que generó una fuerte reacción de personas de la comunidad gay de esa zona en 1969, una época distinta, donde la discriminación empezaba en las leyes (con más fuerza que ahora), y que sigue luchando hoy, y recordando que tenemos los mismos derechos que todos los que se autodefinen como heterosexuales.

El impacto, es donde todo se pone en cuestión, parece que incluso algunas personas de esta comunidad, olvidan que la diversidad va mucho más allá de su propia orientación sexual, es decir, no solo se trata de proteger el derecho de las personas a vivir abiertamente su orientación, se tratar de defender la diversidad en sí misma, sí, el respeto ante la idea de que todos somos distintos y que en esa diversidad, hay muchas otras expresiones más allá de las más conocidas, como homosexuales, lesbianas o bisexuales, también existen transgénero, transexuales, etc.

La diversidad implica muchas ideas que las personas todavía intentan comprender, o que simplemente les generan rechazo, entre ellas, los códigos de vestimenta, no solo por el “azul de niños y rosado de niñas”, también sobre el grado de desnudez para una marcha, un día al año, y la exageración de muchas otras formas o códigos para mostrar lo que usualmente es usado para discriminar, y que llevan a todo tipo de prendas de diferentes accesorios, es decir, lo que es sinónimo de burla para unos, es la máxima sobre aquello que somos, y no nos da vergüenza mostrarlo.

Y el mensaje es sencillo ¿Qué lograría una comunidad de naturaleza diversa, que rompe con todos los códigos y normas sobre  aquello que se considera “normalidad” y que implica una imposición sobre lo que somos, intentando expresarse de forma uniforme?

Una marcha donde todos se visten de camisa y corbata, un jean y una camiseta, los hombres son “machos”, y las mujeres “delicadas”, porque debemos seguir ese código, debemos supuestamente “mostrar que también somos normales”, es una marcha que niega su esencia misma, no la defensa simple y llana a vivir con quien se quiera “bajo las sábanas”, no, la esencia de mostrar al mundo que la diversidad existe, que reclama espacios, que no todos los hombres tienen que ser “machos”, que pintarse el rostro, maquillarse, y vestirse, no tiene que pasar por una categoría de bueno y malo, es la esencia misma del grito: ¡Nos sentimos orgullosos de ser diferentes!

En Colombia han matado a 440 personas de esta comunidad en 3 años, entre el 68% y el 72% de los ciudadanos prefieren no ver a una pareja del mismo sexo besándose en la calle (aunque para un heterosexual esa restricción no exista), y todavía hay un porcentaje (32% hombres y 22% mujeres) del país, que prefiere no tener de vecino a una persona que se autodefina como homosexual (eso sin incluir todas las demás formas de diversidad sexual y de género).

La discriminación existe, los avances legales en Colombia al respecto no responden a mayorías, ni en las urnas, ni legislativas, son casi todas gracias a las Cortes, y pueden irse para atrás. Todavía escucho a los políticos más conservadores, afirmar que las mayorías deberían imponerse en estos casos a los derechos de las minorías (como si los Derechos Humanos fueran cuestión votaciones y consultas), e invocan los derechos de otros para manipular a la opinión, como decir que los niños y su orientación sexual, son permeables y mutables, y por lo tanto deben alejarlos de cualquier enseñanza que les hable de un mundo diverso, y cerrar el tema entre lo que es “bueno y malo”.

Ante la insistencia de religiones, en todo su derecho a opinar, pero sin derecho a imponer su conjunto de creencias a la sociedad, se suman los llamados a derogar todo avance, a prohibir toda expresión, a callar la bandera multicolor, a insistir en que el mundo se acota en unos simples parámetros, y que todo el que esté por fuera (no solo homosexuales y lesbianas), debe sentir vergüenza y ocultarlo.

Ese mundo aún existe, y por eso una marcha dice todo lo contrario, una marcha por el ORGULLO.

 

Politólogo con Énfasis en Comunicación Política. Fue director del programa radial Politizate de Poliradio y Estratega digital del Partido Liberal Colombiano. Investigador en temas electorales.

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