Rodando hacia atrás

Opinión Por

La esperanza de que un mandatario joven y aparentemente bien intencionado pudiera propulsar al país hacia nuevos escenarios de desarrollo dejando atrás las agendas de la guerra y la narcotización de las relaciones con los Estados Unidos se ha esfumado totalmente.

El presidente Duque ha definido su perfil político. El populismo de derecha de Uribe está al mando, se ha apoderado de la iniciativa gubernamental y choca con lo que aguarda y le conviene al país.

El propósito candorosamente anunciado por Duque al asumir la presidencia de impulsar un gran acuerdo nacional y sobreponerse a la polarización no se ha podido cumplir porque el expresidente Uribe y la totalidad de sus alfiles en el Congreso concentran toda su energía y no cejan ni por un segundo en el empeño de avivar los odios y mantener un estado de opinión crispado y en permanente ebullición favorable a sus intereses.

No ha cesado el Centro Democrático en su propósito de hacer trizas el acuerdo de paz. En esa línea, Duque, sin duda, siguiendo instrucciones de su gran elector, planteó unas objeciones machaconamente inconstitucionales, destinadas a no llegar a ninguna parte, pero si a poner en evidencia y sin atenuantes, como efectivamente ha ocurrido, la crisis de gobernabilidad que viene afectando al gobierno desde su inicio.

Uribe se vuelve cada día más abiertamente intransigente. En contravía de la forma paciente e inteligente en que el presidente Duque manejó la minga indígena en el Cauca, le ha notificado públicamente a su pupilo que prefiere una masacre a negociar con los movimientos sociales, que son y continuaran siendo una constante de la realidad del país ya que el tratado de paz- en buena hora- concluido con las FARC cambió las balas por los votos y le abrió campo a la expresión de la inconformidad colectiva en la calle. En una nación tan abismalmente desigual, con tantos problemas acuciantes sin resolver sobran los motivos de protesta.

La economía no sólo en Colombia sino a nivel global y continental crecerá poco según los pronósticos del Banco Mundial. Así el espacio de maniobra del actual gobierno para concretar resultados positivos de su gestión se estrecha cada día más y la decisión del primer mandatario de apuntarle a objetivos estratégicos adversos como lo son el desquiciamiento de la JEP, la no negociación con el ELN y la expulsión de Nicolás Maduro de la presidencia de Venezuela, no tienen futuro.

Frente a las objeciones presidenciales la comunidad internacional, Naciones Unidas y los partidos comprometidos con el Acuerdo de Paz, distanciándose de Duque, reaccionaron vigorosamente en defensa de lo pactado.

Se generó un desgaste innecesario a las instituciones y se puso en entredicho la voluntad del Ejecutivo para cumplir las obligaciones adquiridas por el Estado, que, se lo acaba de recordar la Corte Constitucional, no pueden ser desconocidas ni evadidas al menos por tres gobiernos consecutivos de los cuales el de Iván Duque es apenas el primero.

Como corolario el gobierno salió bastante maltrecho de la confrontación y la justicia transicional fortalecida.

Más temprano que tarde será imperativo volver a negociar la desmovilización del ELN que está aprovechando la crisis de las relaciones Colombo- venezolanas para sentar sus reales en el vecino país, donde ya opera abiertamente en 12 Estados y adelanta operaciones relacionadas con el contrabando, el narcotráfico y la minería ilegal, mientras avanza en el copamiento de las zonas y rentas ilícitas abandonadas por las FARC.

Tampoco le conviene a Colombia posicionarse indefinidamente como centro neurálgico de operaciones de la cruzada contra Nicolas Maduro. Ello no garantiza ni siquiera la benevolencia de un presidente errático como Donald Trump, quien pasa sin inmutarse de los guiños amables a las descalificaciones con amenaza de descertificación.

Pese a la hiperinflación que podrá llegar al 10.000% en 2019 y al descenso en el PIB equivalente al 25%, el régimen de Maduro aguanta y lo hará mientras continué manteniendo firmemente aferradas las riendas del poder real. El problema ya no es regional. Ha escalado alto en términos de confrontación geopolítica global con la presencia de dos potencias, Rusia y China, que tienen en Venezuela intereses significativos.

Horroriza la actitud del ministro de defensa Guillermo Botero quien, ante el cadáver mutilado en forma bárbara del desmovilizado de las Farc, Dimar Torres Arévalo, asesinado por miembros del Ejército, sale prácticamente a justificar el crimen, como producto de un intento de arrebatarle el fusil a su victimario.

En esta presidencia que es una reedición del segundo periodo de Álvaro Uribe se está chuzando a la Corte Constitucional, impulsando las aspersiones con glifosato condenadas por sus efectos cancerígenos letales por tribunales de Estados Unidos y de Europa, repenalizando la dosis mínima, reeditando falsos positivos y tratando de reescribir la historia de la guerra en Colombia en el marco de una confrontación terrorista y no como lo que es y permite superarlo: un conflicto social.  

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