San Romero de América

Opinión Por

El 14 de octubre del presente año, el Arzobispo argentino quien luchó de manera discreta contra la Dictadura Militar de su país, en calidad de Papa consagraba al Arzobispo salvadoreño quien luchó de manera directa contra la Dictadura Militar de su país, como Santo de la Iglesia Católica romana, luego de 38 años de su asesinato cuando oficiaba misa.

Y es que más allá de la persistencia en el imaginario colectivo del maridazgo existente entre la Iglesia Católica romana y los Estados latinoamericanos, no se puede negar que en muchas ocasiones tanto la  extrema derecha en el Gobierno, como la extrema izquierda en las insurgencias, han sido capaces de exterminar a aquellos religiosos y religiosas que decididos a luchar por los más pobres, se han enfrentado a los poderes temporales de turno, llegando incluso a ofrecer sus vidas como lo hiciera Monseñor Oscar Arnulfo Romero, mártir de la cristiandad luterana, anglicana y ahora católica.

Y es que justamente en Monseñor Romero, en San Romero de América, se ejemplifican todas las luchas que distintas corrientes cristianas latinoamericanas han dado desde la segunda mitad del siglo XX: la denuncia del abuso de la fuerza por parte de aquellos que creen tener poder por tener armas, sean insurgentes, militares o paramilitares, la denuncia de la injusticia social, la denuncia de la opresión hacia los más pobres por parte de los ricos de la sociedad.

En Monseñor Romero también se ejemplifican el odio a la fe cristiana por parte de muchos sectores de la sociedad latinoamericana, especialmente los fundamentalistas, la impunidad en el proceso contra los responsables del martirio y la total desidia y desprecio hacia la justa y necesaria construcción de memoria histórica sobre las vidas de los mártires.

Aun cuando de manera tímida se ha empezado a cambiar, Colombia tampoco se escapa del esa realidad latinoamericana.

La beatificación del sacerdote Pedro María Ramírez, mártir de Armero, asesinado por liberales furibundos el 10 de abril de 1948 y la beatificación de Monseñor Jesús Emilio Jaramillo, mártir de Fortul, asesinado por furibundos insurgentes del ELN el 2 de octubre de 1989, sólo son signos de reconocimiento de los más de 100 casos de torturas, asesinatos y desplazamientos que ha tenido el sector cristiano en el país.

En ese rosario de mártires, abundan anónimos líderes religiosos y animadoras y animadores de la palabra que han sido víctimas de medio siglo de guerra civil no declarada (https://colombia2020.elespectador.com/verdad-y-memoria/la-persecucion-los-sectores-de-fe-en-el-conflicto-armado-una-verdad-pendiente), pero también hay figuras tales como la de Monseñor Isaías Duarte Cancino, asesinado por orden de las FARC o la del Padre Tiberio Fernández Mafla, mártir de Trujillo, brutalmente asesinado por orden de los paramilitares que cohonestados con el Estado, masacraron a más de 300 personas en Trujillo Valle del Cauca.

Ante todas estas circunstancias aciagas de muerte y desolación, de olvidos y desesperanzas, vale la pena recordar las palabras de aliento de Pedro Casaldáliga cuando en su poema dedicado a Romero (http://www.servicioskoinonia.org/romero/poesia.htm) decía:

“el Verbo se hizo muerte, otra vez, en tu muerte;

como se hace muerte, cada día, en la carne desnuda de tu Pueblo.

¡Y se hizo vida nueva

en nuestra vieja Iglesia!”

 

Zootecnista Universidad Nacional de Colombia, Candidato a Magíster en Producción Animal de la Universidad Nacional. Coordinador Nacional para asuntos de Paz de la Organización Nacional de Juventudes Liberales 2014-2018.

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