Una historia de traiciones

Opinión Por

César Gaviria Trujillo ha defendido la tesis de “divide y reinarás”. De esa manera ha logrado escalar en la política y acceder al poder. No es un hombre confiable. Desprecia a sus contradictores. Su pragmatismo no conoce de lealtades. Su suerte política siempre ha estado sustentada en la desgracia de otros.

En la década de los años 70, Gaviria encabezó una revuelta juvenil contra el entonces senador y jefe liberal Camilo Mejía Duque, quien estaba casado con su tía materna.

Posteriormente, adhiere a Unidad Liberal, un movimiento naciente encabezado por Oscar Vélez Marulanda, quien se convirtió en senador durante cinco legislaturas. Gaviria fue representante a la Cámara por esta agrupación, inicialmente, como suplente de Gabriela Zuleta Álvarez (puesta presa por actos de corrupción). De ahí en adelante logró un escaño en la cámara baja, impulsado por Vélez Marulanda, quien fue su padrino para que los presidentes Turbay y Barco lo nombraran en puestos importantes del gobierno nacional.

A mediados de la década de los años 80, Gaviria encabezó un movimiento para dividir a Unidad Liberal y darle un golpe de gracias a su protector, el senador Vélez quien no logró reelegirse en el Senado en 1991, y encargó de ese propósito a Juan Guillermo Ángel, exalcalde de Pereira, quien luego sería senador.

Ángel le entregó a Gaviria, en un acto público, la dirección del movimiento, que estaba completamente unido. Sin embargo, el ahora expresidente en menos de dos semanas creó facciones internas en todos los municipios de Risaralda, que sólo le obedecían a él.

Luego del asesinato de Luis Carlos Galán, Gaviria regresa a Bogotá a liderar su propia y exitosa campaña presidencial y Ángel retoma la dirección de Unidad Liberal, que ya estaba totalmente fraccionada. Años más tarde, Gaviria pone a algunos de sus alfiles, entre ellos al entonces representante a la cámara Rodrigo Rivera a que desplace a Ángel y asuma las riendas de esa agrupación, que quedó desvencijada durante largos años. Ángel Mejía, frente a esta situación, se vio obligándolo a renunciar a sus aspiraciones senatoriales.

Luego, en su condición de expresidente, asume entre los años 2004 y 2009 la dirección nacional del liberalismo, liderando un fracaso sin antecedentes, que sumió al Partido en la debacle. Posteriormente, en 2017 regresa a la Dirección Liberal, y en menos de una semana destrozó todo lo que se había construido en aras de la unidad y produce un caos monumental, que ha generado una rebelión interna, encabezada por el exministro Cristo, que pide la salida inmediata de Gaviria, quien está destinado a ser el enterrador de este partido.

Así como ocurrió con Camilo Mejía, Gabriela Zuleta, Oscar Vélez Marulanda y Juan Guillermo Ángel en Risaralda; aconteció con quienes lo acompañaron desde el galanismo para que ganara la presidencia de la república en 1990. Todos, sin excepción, resultaron damnificados por su pragmatismo, incluso Juan Manuel Galán, quien en pleno entierro de su padre ungió a Gaviria como el heredero político e ideológico del Nuevo Liberalismo.

Gaviria también ha tenido un evidente menosprecio por la capacidad de las mujeres para ejercer funciones públicas. Durante el cuatrienio de su mandato, nombró 37 personas como ministros, de los que sólo tres fueron mujeres: Maruja Pachón en Educación en 1993 en el último año de su gobierno; Nohemí Sanint en Relaciones Exteriores durante tres años; y María del Rosario Sintes en Agricultura durante un año al inicio del gobierno.

Además, como jefe del partido, le cerró las puertas a cualquier posibilidad de que mujeres pudieran aspirar a la Presidencia. Ocurrió cuando Cecilia López lo intentó a mediados de la década pasada; y volvió a pasar ahora con Vivian Morales y Sofía Gaviria.

La imagen negativa de César Gaviria Trujillo, es apenas comparable con la del también expresidente Andrés Pastrana. Y eso ha influido negativamente en el devenir del Partido Liberal, cuyos integrantes, a pesar de conocer toda esta historia de traiciones y fracasos, insistieron en volverle a entregar la dirección de la colectividad.

 

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